"No vayas tan confiado esa noche,/la vejez quemara y delirara al final del día[...]"
Paso la noche en Cáceres, me pierdo en Barroco. La noche promete, es una de esas cosas que se hacen sin pensar demasiado, de lo contrario no hubiese cogido el coche a las nueve de la noche para ver a mi amigo actuar. O mejor dicho, a mi amiga, mi amiga Innfernna. Es una gran drag, nos conocemos desde chiquititos y si es genial con pantalones, con falda es todo un crack.Recojo a mi amiga de camino y nos plantamos en la ciudad que nos hizo libres y licenciados... Tras la cena en un Mcdonalds (no todo en esta vida tiene que ser glamuroso) acontece la primera sorpresa de la noche. A mi amiga se le ha presentado sin avisar la visita mensual de su amiga roja... Llenos de coraje y bizarría la llevo a empujones a la farmacia veinticuatro horas a comprar tampones. Y luego lo llaman cosas de mujeres...A todo esto, Innfernna no da señales de vida para decirnos a qué hora es la actuación. Yo lleno de coraje y bizarría, arrastro a mi amiga ya tamponada hasta la puerta de Barroco, dispuesto a no moverme de allí toda la noche, ya se abran los cielos o los infiernos...Hace más de un año que no piso ese local. Dentro de los locales de ambiente (si se pueden llamar así, porque en Cáceres lo más que hay son locales mixtos) que nos han tocado a mí y a mi generación, Barroco ha sido siempre el segundón. Nació, ya de hecho, con vocación de ello, pues el local por antonomasia fue siempre Boccaccio, con sus increíbles fiestas "Urban" de los domingos por la noche. Todos los gays, lesbianas, homófilos y heterosexuales de mente abierta nos juntábamos allí el día del Señor, cuando este ya se había retirado a dormir, para ver si podíamos disfrutar de los monólogos de una drag con tendencias viperinas, de gogos moviendo músculos que ni sospechábamos que existieran y de chulos desnudándose y tirando el tanga a la cara de algún afortunado...Y petardeando un mucho, que aunque uno no es muy de frecuentar el ambiente (por nada en particular, no tengo prejuicios), pero soltar un poco de aceite y pluma de vez en cuando relaja de lo lindo. Pero Boccaccio sucumbió a las leyes de ruido nocturno y dejó el trono al eterno segundón, a Barroco.Todavía es un poco temprano, así que el local no está muy lleno, lo que me permite acercarme con mi amiga hasta la barra para saludar a un camarero que conocía y todavía sigue detrás de de aquella barra. Nos preguntamos qué tal y nos contamos como si fuera ayer la última vez que nos vimos.Me empiezo a encontrar muy agusto en el entorno, me he refamiliarizado con él en escasos dos minutos... mi compañera mira curiosa los usos y costumbres del mundo gay con los que está familiarizada sólo de lejos. Beso a unos cuantos viejos conocidos y llega la segunda sorpresa de la noche: la actuación de Innfernna se pospone al Domingo.Hemos hecho el viaje para nada... No, no es cierto, hemos hecho el viaje para encontrarnos con otros dos amigos de los de siempre que también les ha dado por ir a Cáceres esa noche y me invitan a abandonar Barroco.Yo intento aferrarme al taburete con toda la fuerza que mi culo me permite, pero insisten en ir a tomar algo a un sitio tranquilo... ¿quién coños quiere ir a un sitio tranquilo con todos esos chulos contoneándose y quedándose cada vez con menos ropa? Pues mi amigo hetero, su novia que no está dispuesta a discutir con él y mi amiga que necesita recolocarse el tampón en un baño decente... Como soy minoría desisto y arranco a la cafetería más pija de Cáceres.Pero el destino se pone de mi parte y nada más sentarnos mi amigo le vierte una copa encima a su novia, que ya está dispuesta a discutir lo que queda de noche. Y si a eso añadimos que mi otra amiga se colocado de nuevo el tampón y parece ser que bastante bien, porque le entra una urgencia repentina por ir a ver cuerpos musculados... obtenemos la ecuación perfecta que me permite en menos de media hora estar de nuevo en Barroco con ellos rodeado de esa atmósfera intensa.La noche acaba de rematar, llega Innfernna, aunque de hombre, y de esta guisa, nos predisponemos para que llegue lo mejor de la noche. Música setentera, seguida de música ochentera, mucho luz, mucho salto y mucho movimiento. Juegos de miradas, sonrisas provocadoras, algún roce sutil... Y soy feliz durante un par de horas, como si de nuevo fuese un adolescente hiperhormonado a mis dieciocho (en vez de ser un semimaduro hiperhomonado a mis veintiséis...).
Pero todo lo bueno acaba y cojo el coche a las cuatro de la mañana para deshacer los kilómetros que me llevarán a mi cama en más o menos una hora.

